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IMCO | Alianza del Pacífico, el futuro de la integración Latinomericana

 
El Sol de México

04 DE JULIO DE 2019

En 2011, a iniciativa de Alan García, entonces presidente de Perú, las naciones de Chile, Colombia, México y Perú decidieron realizar un esfuerzo de integración, encaminado a aumentar los flujos comerciales entre ellas y avanzar hacia la libre movilidad de mercancías, capitales y personas. Así se fundó la Alianza del Pacífico, la cual eliminó el 92% de las barreras comerciales entre los cuatro países participantes en 2016, y para 2020 se espera no tener ningún tipo de aranceles.

Desde sus inicios, la Alianza ha despertado el interés de la comunidad internacional: 55 países son observadores y algunos territorios de la región han dado pasos para formar parte de la misma (Costa Rica y Panamá).

Este tipo de integración es muy refrescante en una región con grandes ventajas para el comercio en común (cuentan con una lengua común y sistemas jurídicos similares). Sin embargo, América Latina ha sido la tierra del proteccionismo comercial, donde en muchos países siguen en boga las teorías de sustitución de importaciones y de crecimiento económico con base en el mercado interno.

Naciones como México y Chile, que se abrieron de manera temprana al comercio internacional, han cambiado su dinámica productiva. De acuerdo al Atlas de Complejidad Económica de la Universidad de Harvard, en 1980 México tenía una composición de exportaciones similar a la de Yemen: solamente algunas materias primas agrícolas, casi ningún producto manufacturado y petróleo.

Hoy en día, la matriz de exportaciones mexicanas se parece mucho más a la de Alemania que a la de Yemen, con muchos productos de manufactura, una gran cantidad de ellos de alta tecnología, intensivos en conocimiento. A su vez, Chile se convirtió en una verdadera potencia en la exportación de productos de alto valor agregado del campo, mientras que en los años 70 apenas realizaba exportaciones forestales y minerales, como el cobre.

La manufactura de alta tecnología es la base del desarrollo moderno porque permite a los países construir una economía cimentada en el conocimiento, donde el crecimiento poblacional ya no es indispensable para aumentar la producción nacional. A partir de la automatización, la innovación y el progreso tecnológico, los países pueden producir más valor agregado por trabajador, lo cual se traduce en mejores ingresos y niveles de vida.

En 1962, China representaba apenas el 3.1% de la producción global y Estados Unidos producía casi el 40%. En 2016, China produjo casi el 14.8% del valor de todos los bienes del mundo, mientras que Estados Unidos solamente el 24.7%. En 1962, Latinoamérica producía el 6% de la oferta global de bienes y servicios, y en 2016 solamente el 5.3%. Somos una región que ha sido espectadora, y no protagonista, de los enormes cambios de la economía global.

A partir de una integración plena, no solamente con naciones desarrolladas, sino entre nosotros, los países latinoamericanos podemos transformar nuestra realidad. Somos una región con una gran población (más de 210 millones de personas), con niveles de educación y vida relativamente altos, y con un potencial económico desperdiciado. Decir que nuestras economías no son complementarias es una falacia proteccionista. Las economías de la región solamente podrán crecer si deciden comerciar entre sí y con el resto del mundo.


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