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El abandono del campo amarga la crisis del café en México

 
El Dictamen

11 DE FEBRERO DE 2019

Sin producto, ¿de qué vamos a vivir?”, se pregunta Amado Ramos, un campesino de 49 años. Un sombrero de paja y un paliacate rojo lo protegen de un sol que se cuela tímidamente por las montañas de Coatepec, la capital cafetalera de México, en el Estado de Veracruz. Hoy es un día cualquiera de un año particularmente malo. Como el pasado y el antepasado.

Como las tres últimas décadas para el café mexicano. Ramos empuña un machete y recorre decenas de fincas de camino a casa. Huertas abandonadas y azotadas por la plaga. Tierras cafetaleras que dieron paso al cultivo de caña y que se resisten a una creciente urbanización. Parajes solitarios que ven cada vez más atracos y cada vez menos jóvenes en el campo. El pequeño poblado que lo apostó todo al llamado oro negro no ve salida a una crisis que ha arrinconado a la mayoría de los 500.000 cafeticultores del país.

Hace 30 años Ramos dejó su natal Altotonga, otra pequeña comunidad del Estado, para perseguir una vida mejor durante la época dorada del café. Ese sueño se ha convertido en un recuerdo borroso. En las fincas cobra 160 pesos diarios (8,4 dólares) por trabajar huertas de otros. Es el drama de pequeños ejidatarios como Javier León, que dejaron sus tierras para trabajar las de alguien más.

Ocho de cada 10 productores en México tienen menos de dos hectáreas, según datos oficiales. Y por las características de la planta hay un correlato doloroso entre el café y la miseria. Crece en zonas montañosas, las más alejadas de los polos de desarrollo y las que menos servicios públicos tienen.


 

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